Arco y flecha

Desde que tengo uso de razón y memoria, recuerdo ver a mi padre tallar​ un arco de madera maciza, del roble más robusto de la península. Era un arco precioso, barnizado con resina y aceite de almendras que lo hacía brillar como la plata. Mientras mi madre confeccionaba flechas hechas con las flores más coloridas de la comarca y las impregnaba con los aromas más deliciosos.
Me encantaba admirarles y ver cómo sus manos daban forma, con agilidad, a los que años después serían mis juguetes favoritos, aunque ha sido realmente ahora cuando he aprendido el verdadero significado de estos objetos.
En los días nublados en los que la niebla me rodea, sin dejarme ver más allá de mis pies, tomo en mis manos el arco y lanzo una flecha al aire. Inmediatamente las nubes se despejan dejando paso a radiantes rayos de sol, y cuando el cielo se convierte en una capa de luz y energía, la flecha regresa a mí con algo por lo que sonreír. En ocasiones es una canción, una fotografía, un viaje o un ser querido, pero siempre hace que olvide lo malo y focalice mi mente en lo que realmente me debe importar en la vida.
Así que, a todo el que esté leyendo esto ahora lo animo a que lance flechas al aire, piedras o alaridos de rabia que despejen sus cielos nublados y les hagan ver todo lo bueno que les rodea.
Las nubes no son más fuertes​​ que la ilusión y nosotros somos arqueros dispuestos a luchar por un futuro que es nuestro.​
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