De países y monos

Una mañana Juana estaba pintando en la mesa del patio de su casa cuando le pregunto a su madre:
-Mama, ¿yo de qué país soy? Los niños de mi clase son cada uno de un país y yo no sé de cual soy.
-Sabes Juana, esa misma pregunta se la hizo un joven chimpancé a su madre mientras saltaban de árbol en árbol por la selva.

El joven chimpancé sabía que algunas aves iban a otros lugares lejanos y volvían a los meses con historias sobre parajes increíblemente fértiles y verdes. Una vez oyó que una ballena y su hijo cruzaron todo un océano en busca de aventuras, y había leído que grandes manadas de cebras y elefantes cruzaban desiertos enteros para descansar entre pastos y lagos.
-Si nosotros no nos movemos y siempre estamos en los mismos árboles y en la misma selva, ¿cómo se llama nuestro país? – preguntó el joven chimpancé.
La mama chimpancé se subió a la copa más alta del árbol en el que estaban y se alzó para ver la selva completa por encima de todas las ramas. El pequeño la siguió e imitó sus movimientos hasta que llegó hasta arriba y se colocó junto a su madre.
Cuando el pequeño vio aquel paisaje se quedo boquiabierto, jamás había visto la selva desde esa perspectiva y nunca se hubiese imaginado algo tan bello.

Ambos estuvieron un buen rato arriba, divisando la inmensidad en silencio hasta que la madre interrumpió diciendo:

 -¿Dónde crees que acaba la selva pequeño? ¿Ves algún limite?.

– No, es enorme. No veo el final – el pequeño parecía haberse quedado mudo y solo pudo murmurar eso. 

-Eso es porque no lo tiene. – le dijo la madre – La selva se transforma en ladera, luego en playa y luego en mar. Y este mar vuelve a ser playa, ladera y selva. Podemos movernos por donde queramos y ser de donde lo sintamos en cada momento.

El chimpancé no hizo más preguntas y pensó sobre todo ello durante la noche.
Al día siguiente, el joven se acercó a su madre y la abrazó con todas sus fuerzas. La madre le miró y le devolvió el abrazo mas tierno jamás dado. Algo se dijeron al oído, pero nadie supo jamás de qué se trataba. Lo que si se sabe es que madre e hijo recorrieron juntos todo el mundo jugando por las laderas, dibujando en la arena de las playas y nadando con los peces en el mar.

– Así que dime Juana, ¿quieres ser de algún país? – dijo la madre.
Juana la miró, sonrió ampliamente y siguió coloreando. Quizás no entendió lo que su madre trataba de explicarle, pero Juana jamás volvió a preguntarse por su patria.

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