Abuela

Abuela, esta tarde es tu misa para cerrar la herida de tu marcha y no sé muy bien qué escribirte. Cada nieto puso unas palabras en tu cuaderno durante el velatorio menos yo, y no porque no tenga nada que decirte, si no que no sé cómo expresarlo sin que me duela. En esos días no tuve palabras que dejasen reflejado en un cuaderno lo que sentía y siento hacía ti, espero poder hacerlo ahora.

Una vez oí que justo en el momento en el que alguien roza la muerte, es cuando más se la quiere. Eras tan fuerte y tan dura que te creí inmortal, perpetua, eterna.                                     Y ahora te entiendo abuela, entiendo tus comentarios, tus consejos, tus posturas y opiniones hacia mí. Y te perdono abuela, te comprendo. Porque no fui la nieta que hubieses querido pero, a pesar de ser tan distintas, hiciste el gran esfuerzo de adaptarte a mí y darme un amor infinito. Solo una grandísima persona puede llevar a cabo tal acto de amor. Que una mujer como tú, acepte a una mujer como yo, es un acto heroico.

Abuela, estoy orgullosa de ser parte de tu linaje, de ser una rama más de este gran árbol genealógico que compartimos. Bendigo nuestro vínculo, nuestras raíces y honro la sangre que nos une. Que disfrutes allá donde hayas ido, que aquí seguirás viviendo en nuestros recuerdos, en nuestras muecas y carcajadas.

“Hubo un tiempo muy  sagrado, el de los antepasados, cuya memoria nos pide que volvamos a su lado.”

Gracias abuela. Buen viaje.

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